El factor humano, la aritmética y los misiles tripulados

Si aceptamos de forma generalizada que está bien escuchar en bucle tu canción favorita, yo reivindico, desde siempre, que se puede hacer lo mismo con una película o un libro.

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Me gusta volver a ver y leer aquello que me emociona, especialmente si en algún momento me ayudó a reflexionar, o me activó algún resorte. Y es que recientemente volvía a leer un relato corto de Asimov, ya parte del patrimonio de la humanidad a través de la Literatura Universal, que me trajo a la frente una conversación reciente con Jose Carlos García Martínez. El resumen, o la moraleja específica, venía a ser: Algunas empresas dan más importancia a los programas de #ControldelaProducción, a la #transformacióndigital, que a la necesidad de formar o mantener una plantilla de oficiales de primera verdaderamente a la altura de los oficios más importantes de nuestro sector, capaces de defender el alcance de los proyectos. Esto último es lo que de verdad valora el cliente final, el #valorañadido. La eficiencia en la gestión debe ser un plus de rentabilidad para el ejecutante.


La conexión salta a la vista por el actual furor que desata todo lo relacionado con las #IAgenerativas, la supremacía de las máquinas, el advenimiento de Skynet… (¡basta!). En La Sensación de Poder, el autor nos presenta una no tan descabellada sociedad futura, en la que el uso cotidiano de la aritmética básica (sumar, restar, multiplicar y dividir, y este paréntesis ya es una concesión al hecho de que los más jóvenes ya están olvidando qué es la aritmética) no solamente ha caído en desuso, sino que se ha perdido todo rastro al origen de esta, cayendo en el olvido histórico tanto la procedencia como la mera existencia de estas operaciones antes del cálculo computacional. Una sociedad en la que las #concienciasartificiales ocupan puestos de responsabilidad en corporaciones y gobiernos, integrando cadenas de mando junto a inteligencias naturales. Un mundo en el que las máquinas son, por definición, diseñadas y creadas por máquinas, y el mecanismo por el que una computadora devuelve 8 al multiplicar 2 x 4, es sencillamente un misterio incuestionable, siendo necesario preguntarle a la computadora cuánto es 2x4 tantas veces como quieras saber el resultado, no siendo, como lo es hoy en día, una regla universal que nadie necesita realmente calcular. 2x4 es 8 porque lo dice la computadora esta vez, pero si mañana quiero saber cuánto es 2x4, tengo que volver a preguntarle a la computadora.


La constante y acelerada metamorfosis del paisaje tecnológico ha marcado las primeras décadas del siglo XXI, y este cambio se ha visto impulsado por la proliferación de la #inteligenciaartificial, una disciplina no tan emergente que ha permeado numerosos aspectos de la vida humana. La IA, con su potencial de eficiencia, rapidez y precisión, ha transformado una serie de industrias y oficios. Sin embargo, al mismo tiempo, su auge ha superlativizado una creciente dependencia de la tecnología que amenaza con eclipsar nuestras habilidades y capacidades innatas. A través de este artículo, me gustaría explorar esta paradoja tecnológica, examinando las implicaciones de la IA en la sociedad contemporánea, su impacto en los oficios industriales y el valor intrínseco que debe conservar #factorhumano.


A medida que las máquinas aprenden y se adaptan a través de algoritmos sofisticados, se están volviendo esenciales en muchas facetas de nuestras vidas. Por ejemplo, en el sector sanitario, la IA ha permitido diagnósticos más precisos y una atención más personalizada. Sin embargo, esta dependencia cada vez mayor de la tecnología puede tener repercusiones perjudiciales.  Este relato, aunque ficticio, plantea cuestiones críticas sobre el equilibrio entre la tecnología y las habilidades humanas. ¿En qué medida deberíamos permitir que la IA asuma roles y responsabilidades que antes eran puramente humanos? ¿Cuál es el coste de esta creciente dependencia de la tecnología? ¿Seremos súbitamente capaces de recuperar esas responsabilidades, y la habilidad de llevarlas a cabo, cuando “se vaya la luz”?


Los oficios industriales, del mismo modo, han experimentado ciertos cambios sin precedentes con la implementación de la IA y otras #tecnologíasdisruptivas, que han permitido mejoras en la eficiencia y la productividad. Sistemas de fabricación de precisión, robótica avanzada y análisis de datos en tiempo real, todo lo cual ha mejorado y puede seguir mejorando la eficiencia y la seguridad en el lugar de trabajo.


Sin embargo, a medida que la IA continúa avanzando, existe una creciente preocupación sobre su impacto en la fuerza laboral humana. En sectores como la manufactura, donde las tareas repetitivas y predecibles son comunes, la IA tiene el potencial de desplazar a los trabajadores humanos. Este escenario plantea serias preguntas sobre el futuro de estos oficios y las habilidades que los sustentan.


El mensaje está claro a estas alturas, a pesar de los avances en la IA, la importancia del factor humano no puede ser subestimada. Este es un elemento que abarca la creatividad, la empatía y el juicio, características innatas del ser humano que la IA aún no puede replicar completamente. La tecnología puede ayudar, pero no reemplazar, el aporte humano.


Imaginemos, por ejemplo, la profesión de un carpintero. Aunque una máquina pueda ser programada para cortar madera con precisión, no puede replicar la habilidad, el juicio y la creatividad de un carpintero humano. La calidad del trabajo de un carpintero no solo depende de la precisión de los cortes, sino también de su entendimiento y apreciación de la madera, su capacidad para adaptarse a las imperfecciones y su habilidad para diseñar y crear muebles que no solo sean funcionales, sino también estéticamente agradables. ¿Puede una IA crear algo de estilo nunca visto a partir de los modelos que se hayan incorporado a sus bases de datos de aprendizaje? Preservar y cultivar habilidades humanas como estas es esencial para equilibrar nuestra creciente dependencia de la tecnología. Sin embargo, para hacerlo, debemos reevaluar cómo valoramos las habilidades humanas en comparación con la eficiencia tecnológica. Las empresas no van a dejar de buscar la eficiencia como el resultado de aplicar la fórmula Ingreso-Coste, y en ese sentido seguirán premiando el uso de herramientas que mejoren la productividad por encima de la supervivencia del factor humano.


Perfecto, el problema está claro. La paradoja de la IA reside en su promesa de eficiencia y productividad versus la amenaza que representa para las habilidades y oficios humanos. ¿Cómo podemos integrar la IA en nuestras vidas y trabajos sin renunciar a nuestras habilidades y capacidades humanas esenciales? Este es un dilema que requiere un análisis cuidadoso y considerado.


Entendamos un ejemplo que puede marcar la diferencia a través de una situación que todos los que nos dedicamos a esto desde hace algún tiempo, hemos podido enfrentar: Fulanito se jubila dentro de 3 años, la empresa sabe que lo mejor para retener su conocimiento en la empresa sería poner a su lado uno o dos ayudantes a tiempo completo, con la única responsabilidad de tomar nota y aprender haciendo todo lo que Fulanito sabe. No obstante, nunca destinamos esos recursos y Fulanito se jubila felizmente. La empresa sigue funcionando, está claro, pero el know how se ha ido con nuestro antiguo compañero irremediablemente. En cambio, si consiguiéramos replicar máquinas que parten de inicio con el conocimiento global de todos los Fulanitos y, además, tienen la capacidad de seguir aprendiendo… exacto. Afortunadamente, de momento, tenemos que seguir pensando en el futuro.


La dependencia de la tecnología puede ser un arma de doble filo. Por un lado, puede liberarnos de tareas repetitivas y laboriosas, permitiéndonos centrarnos en tareas más creativas y complejas. Sin embargo, por otro lado, esta dependencia puede hacer que nos olvidemos de habilidades valiosas y nos volvamos complacientes, como se ilustra en la historia de Asimov. La IA es una herramienta poderosa, pero debemos recordar que es solo eso: una herramienta. No debe reemplazar nuestras habilidades y capacidades humanas, sino complementarlas. Debemos buscar formas de integrar la IA en nuestras vidas de manera que mejore nuestras capacidades, en lugar de reemplazarlas.


Si hace 2300 años alguien hubiera invitado a Aristóteles a imaginar un mundo en el que la humanidad perdiera el contacto con el conocimiento que atesoraba la antigua sociedad griega, la cosa hubiera terminado posiblemente entre risas. Lo mismo hubiera pasado hace 1700 años con Diofanto de Alejandría. Pero llegó la Edad Media y la ficción se hizo realidad. Por eso, tenemos la obligación de mantener el equilibrio, para evitar una segunda edad media (dos pasos atrás) o una nueva edad moderna en la que el razonamiento algorítmico o computacional desplace al ser humano, no ya de la toma de decisiones, sino de la cumbre de la civilización misma. El Agente Smith lo decía muy claro en una escena de Matrix: “en el momento en el que empezamos a pensar por vosotros, empezó a ser nuestra civilización”.


En última instancia, el objetivo debe ser una simbiosis donde la tecnología y la humanidad coexisten en armonía. Esto requerirá un esfuerzo concertado por parte de todos los actores de la sociedad: legisladores, empresarios, trabajadores, educadores y ciudadanos. Juntos, podemos construir un futuro en el que la IA sirva a la humanidad, en lugar de reemplazarla.


Anticipándonos a Aub, el técnico informático que redescubre el arte de hacer operaciones con lápiz y papel en un mundo en el que solo decirlo es un delito de brujería, tenemos la obligación de avanzar hacia el futuro en “misiles tripulados”.


Os dejo el enlace al libro electrónico: La Sensación de Poder


Abel Ramos

CEO de Xappiens y un apasionado de la transformación digital y la inteligencia artificial. Mi objetivo es demostrar que la tecnología no es solo un conjunto de herramientas, sino un catalizador para mejorar procesos, impulsar negocios y, sobre todo, empoderar a las personas. Mi experiencia profesional tiene sus raíces en el sector industrial, donde aprendí a navegar en entornos complejos y exigentes. Este bagaje me ha permitido comprender las necesidades reales de las empresas, identificar oportunidades estratégicas y conectar esas demandas con soluciones tecnológicas efectivas. No me conformo con implementar tecnología; mi propósito es ayudar a las organizaciones a adaptarse, prosperar y construir culturas más resilientes. Bajo mi marca personal, #nosoloIA, comparto reflexiones y proyectos que buscan humanizar la inteligencia artificial y hacerla accesible para todos. Creo firmemente en un uso ético de la tecnología, donde el foco esté en su capacidad para transformar y no reemplazar. A través de esta iniciativa, trato de mostrar cómo la IA puede ser una herramienta poderosa, siempre que se combine con una visión centrada en las personas. En Xappiens lidero un equipo comprometido con llevar la digitalización a otro nivel, construyendo soluciones a medida que realmente impactan en los negocios. Creo en la innovación, pero también en la reflexión. La tecnología debe ser una aliada estratégica, no un fin en sí misma.

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